Seguramente es nadar contracorriente bajarse de este tren, un convoy que no sólo está en marcha, sino que circula a toda máquina. Me rebelo, me apeo para recuperar la anacrónica velocidad del pensamiento, para volver a disfrutar de mis dudas, para poder seguir cuestionándome -y formando- opiniones.
Quiero ensuciarme con la creatividad, bucear en el caos, evaluarlo, deconstruirlo, interpretarlo y sintetizarlo para poder aportar soluciones sencillas, idealmente impecables. No disimular la mediocridad lanzando mensajes mimetizados entre toneladas de palabrería. No quiero más respuestas, quiero hacer trabajar a las preguntas.
Y es que Twitter demanda un pensamiento (¿pensamiento?) veloz, inmediato. Desgrana un discurso precipitado, atropellado por lo no meditado.
¿Porqué tanta necesidad de sentirse presente a costa de cualquier necedad? ¿Porqué construir un escudo de palabras encogidas y escupidas que no hace sino ocultarnos como personas, un escudo sobre el que resbalan a su vez, como mosquitos estrellados, los lanzamientos del resto de gladiadores en una lucha desesperada y absurda por sentirse seguido, valorado o al menos, tenido en cuenta?
El Twitteo pasivo me roba el tiempo y unas veces me devuelve datos absolutamente prescindibles sobre la vida más cotidiana de tal o cual vecino, y otras me bombardea con información que me desinforma, porque no soy capaz de procesarla, archivarla o decodificarla a la velocidad a la que se produce.
El twitteo activo no me seduce, desde el momento en que implica sentir la necesidad de lanzar cualquier cosa desde tu persona, y en la mayoría de los casos, como si se tratase de lanzar un pedo o un piropo, sin plantearse a quién le puede interesar tal lanzamiento.
¿Dónde queda la imaginación, el poder de analizar y construir, la ilusión de inventar, de sentir el vértigo de la página en blanco, del vacío?
Si las personas que aplicamos la creatividad en nuestro trabajo no sentimos el vacío, es que algo va mal; si no podemos enfrentarnos a la soledad de nuestras reflexiones, con el tiempo que esto demanda, con el riesgo y la ilusión, es que estamos tirando de un discurso anterior o ajeno.
Contribuir es esencial, y todos necesitamos alimentarnos de inspiración, pero debemos ser capaces de discernir cuándo estamos contribuyendo y cuándo estamos devaluando ciertos valores a puro de desgastarlos o de desperdigarlos como los hilos de un diente de león.
